lunes, 31 de octubre de 2011

LA EMPRESA - Carlos García Tejedor

Un relato sobre el Nuevo Sistema Económico: Seguridad del Individuo                                                                      

Por Carlos García Tejedor

Para ti                             
                                             
           
Iñaki miró al hombre que tenía enfrente y, disfrutando de su trabajo, lanzó la primera andanada, suave pero de claras intenciones, lo quería escuchar todo de viva voz:
— ¿Quién es usted?.
— Extraña pregunta, Iñaki; tú has sido el que me ha invitado a venir a televisión -contestó el entrevistado con los ojos luminosos tras los cristales de sus gafas, mientras se incorporaba un poco, ofreciendo su mano firme-. Héctor García, para servirle a usted.
El periodista no sonrió, ni relajó su aspecto en el más mínimo detalle. Hoy, como siempre, o quizá más, estaba dispuesto para desentrañar la verdad del hombre al que se enfrentaba -que para hacer buen periodismo hay que llevar a cabo una pugna en toda regla, así debe ser la búsqueda del error, de la grieta que abra el corazón del incauto-. Miró, seguro de su victoria, al hombre que había revolucionado, sin revolución, la vida del país, y quizá del mundo o buena parte de él. No es que ese hecho le molestara, realmente casi le gustaba el libro y la mayor parte de los acontecimientos que su publicación había provocado pero, hoy quería encontrar el detalle, que se le escapaba, causante de la presencia de ese “casi” en su desconfiado -por años vividos- interior.
—  Hoy por hoy todos sabemos su nombre, Héctor. Ha vendido miles de copias de unas páginas de las que la gente habla a todas horas, en la calle, en sus trabajos -los pocos que tienen trabajo-. Discuten sobre lo que cada cual entiende en sus palabras; pero quiero, queremos, ahora, saber más. Y de primera mano, de usted, de su vida, de sus porqués. Las ideas que sobrevuelan su mundo literario, escondiéndose entre las letras, entre los folios, con mayor o menor acierto y estilo se entregan al lector en una novela que quiere hablar pero que casi más, calla, dejando sólo entrever. Un libro es, en gran medida, un escritor; y la idea que exprese, si es nueva -y ésta, desde luego, lo es-refleja lo que habita dentro de la mente de su creador. Esto será, quizá, lo único palpable, -sus propias palabras sobre el pasado, sobre sus anhelos para el futuro- que el público afectado por los cambios generados o prometidos, pueda utilizar para agarrarse con esperanza los unos, y para atacarle los otros -indiferentes (que son pocos) aparte.
        Periodista y entrevistado volvieron a mirarse intensamente
— ¿Quién es usted, Héctor García?.
— Uno más. Sinceramente, dudo que mi persona resulte interesante desde casi ningún punto de vista. Quizá por el hecho de que haya expresado una idea que todo el mundo parecía esperar pero, esa idea no es mía. Es de la inspiración, de las musas, del desconocido, de lo invisible, de donde venga, que lo ignoro pero, desde luego, no es mía. Nunca mis escritos, ni mi música, han sido mías; yo no “hablo” tan bien. Cuando me he sentado dispuesto a trabajar frente al papel o la guitarra nunca he conseguido nada especialmente valioso pero, de repente, sentado en el metro, apoyado en una esquina o mientras hablaba conmigo mismo mirando algo afuera, o adentro, ha surgido el principio, la idea, que luego sí he trabajado, a veces estropeándola.
Por eso mismo no creo que mi persona resulte interesante, que mis balbuceos de humano resulten beneficiosos para nadie, fuera del cotilleo de telebasura o de la vecina aburrida, que, obviamente, tienen derecho a obtener lo suyo. Si es para ellas para lo que estamos aquí, tú y yo, Iñaki, pues vamos allá.
— ¿Entonces….pregunto por tercera vez, Héctor García?.
— No será necesario -sonrió el escritor-. Mi nombre es Héctor, creo que ya lo han oído -continuaba sonriendo-, nací a orillas del Mediterráneo Ibérico, en Valencia. De una familia trabajadora media no burguesa, tan solo trabajadora, española. Y remarco lo de “española” por el carácter, en lo bueno y en lo malo, que ello conlleva. Estudié y aprobé el bachillerato con mis rifirrafes particulares y “pubertales” con los señores profesores y las señoras profesoras, entonces, asqueado del ambiente memo-paternal con el que se trata a los jóvenes -la sangre de futuro rápidamentepensante y de movimiento por tanto, más lento- abandoné los estudios oficiales y me dediqué de lleno a la vida, la música, las señoras, la filosofía, la física, las matemáticas, bien revuelto todo ello con abundantes cantidades de cerveza y adrenalina juvenil. Grité “busca y destruye”, “no hay futuro”, ante las tristes imágenes que los adolescentes ojos cerebrales captaban de la vida social que parecía avanzar hacia la nada humana y el todo dinero que, realmente a día de hoy, parece habernos acorralado -espero que no vencido-. Luego el joven crece y se hace, poco a poco, más hombre (sin separación de género lo digo); aprendí a buscar dentro de mí y lo escribí en prosa y en verso, olvidando los movimientos ajenos sobre los que creía no poder influir dado el enorme tamaño del monstruo que nos absorbe y anula. Continúe viviendo y criando a mis hijos en una forma de vida amable para con los prójimos pero también cuidadosa con sus reacciones. Bondad y fuerza, cada cual en su momento o al unísono.
Entonces vino a mí, y ya no se fue, la idea. Saltaba a mi cerebro la ya ausente literatura, como las luces que viajan y quieren llegar, para ser escuchadas. ¿Hablan las luces, Iñaki?.
 Así ha sido todo, creo yo, comilona más, comilona menos.
—Y ahora, a los cincuenta años, publica una novela, un cuento; según usted, medio siglo para recibir y un momento para dar. Un cambio, un avance, una nueva forma, otro camino, quizá uno antiguo y rescatado de la memoria. Hay que decir que el libro ha generado pocas críticas literarias, casi nadie sabe responder acerca de sus personajes, de su trama pero, todo el mundo sabe del mundo en el que transcurre. Un mundo diferente, muy diferente.
— ¿Quién sino yo mismo puede afirmar con un mínimo de seguridad en el acierto, sobre aquello que en mí mismo me sucede?. Dentro de este “yo” las cosas parecen ocurrir como le cuento, amigo mío. Van y vienen y, como decía aquel gitano: “por el camino me entretienen”.
Un cambio, seguro que lo es; un avance, eso espero que resulte.
El hombre lleva miles de años andando, poco a poco, en un camino que, a pesar de los comentarios de algún pesimista y algún que otro demagogo oportunista, resulta siempre avanzar en dirección positiva. Cuando semeja retroceder, como en estos últimos años, tan solo es a causa de una pequeña frenada en espera de un empujón de sangre fuerte, de una revolución socio-mental, de una idea, para que nos entendamos.
Seamos realistas y un tanto “frío-científico-pensantes” a la vez. ¿Cuándo se ha vivido tan libremente, tan cómodamente y sin peligros –a pesar de los que nos diga la cajita de las “mentiraverdades”- desde que dura la historia?. Todos, o por lo menos algunos, sabemos que estudios serios refuerzan esta realidad. En una lenta mirada geológica se siente firme la flecha de nuestro camino hacia adelante.
El caballo del sistema occidental ha corrido bien en los últimos siglos pero, olvidando sus recuerdos más antiguos y más orientales -pues de allí veníamos, y antes del sur-, su jinete (los estados) han perdido el control de las riendas; y el de cuatro patas, dominado por la avaricia de muchos, a las órdenes de unos pocos, se ha desbocado en una orgía de descontrol y locura destructiva, causada por el miedo que se transformó en odio o en indiferencia, que es peor, de más difícil cura. Y eso nos llevaría de manera clara (más que cualquier accidente nuclear, provocado o no, en el que todo superviviente se asocia llevado por la compasión o el egoísmo, ya que éste ataca de golpe; al contrario que la indiferencia, que daña la raíz del amor y de la confianza en la especie que nos hermana y nos une al suelo desde el que miramos juntos cada amanecer) a la erradicación de la vida humana tal y como la conocemos, para convertir el futuro planetario en una suerte de mala película catastrófica, ciencia-ficción de serie ultra B.
— Da miedo con tono de humor. Eso está bien.
— Muramos, pero hagámoslo echando unas risas, compañeros.
— ¿Y ante los hombres (también lo digo sin separación de género) frenados por falta de idea, con qué pie dar el siguiente paso, hacia dónde….?
— Hacia adelante, siempre, y sin olvidar lo aprendido; que la experiencia, razonada una vez vivida, elegirá el pie y el sentido con que moverlo.
— La idea….
— Crear una “superempresa” estatal independiente del vaivén humano de la avaricia, el poder y la envidia; que dé tranquilidad a todo aquel que tan solo quiera trabajar, vivir y ser feliz haciendo ambas cosas. Y a su vez que deje hacerlo, en casi total libertad, a todos aquellos que quieran continuar viviendo en el abismo de la discordia.
La crisis actual tan solo se sostiene en el crédito o descrédito de los estados ante un mercado que crece más a mayor sea el temor ante esa crisis por la falta de crédito……..¿Divertido, verdad?.
El mercado nos abrió, en su día, el camino hacia un estilo de vida más cómodo y agradable, más libre, pues apartó de nosotros al dictador feudal, fascista o comunista, para dar paso al “estado del bienestar”; pero una vez alojados en él, enseño el dinero su rostro dictador y como siempre, una vez en el poder, el revolucionario se tornó en mandamás. Adiós revolución. Y adiós al mundo conocido, pues este emperador lo es, por primera vez, mundial; y su poder, más allá de la codicia del hombre, destrozará la vida tal y como la conocemos, con sus animales, bosques y demás. Suena a catástrofe…. porque lo sería.
Pero la batalla por la libertad tras el dominio del dinero resultaba aparentemente inabordable, demasiado hermoso el enemigo, demasiado deseado por todos, endeudados e hipnotizados a la vez. Acabar con el todopoderoso mercado, el rey de reyes, el gran emperador del hombre, casi ya desaparecido éste último como tal bajo su poder.
Pero si el enemigo es demasiado grande, ¿no estará clara la estrategia?. Unámonos a él, utilicémoslo. Pidámosle, amablemente, paso al escenario.
No parecía difícil abordar un problema que realmente no lo era y que, aun no siéndolo, andaba cerca de romper el natural y esperado equilibrio entre la vida y la inteligencia humana.
Me parecía que sea cual sea el nivel (según diría Ken Wilber), el avance en el camino que la vida nos impone o el estado espiritual (si a nadie le molesta que así lo llame) de los hombres, la gran mayoría de nosotros utiliza su estancia en el espacio y en el tiempo, casi todos los actos de su vida en pro de su seguridad, de la de su familia, de todo aquello que, por su propia naturaleza, siente suyo.
Pues bien. Sólo se trataba de darle esa seguridad, una vez logrado esto, tan solo unos pocos dedicarían sus acciones de vida a una lucha cuyo único sentido sería cumplir con la obligación que su propia forma de ser, su naturaleza, les impone. Es, desde luego, su derecho. Pero también lo es el nuestro no vivir bajo su mando. Lo de siempre -que nunca hemos conseguido-, que cada prójimo viva y deje vivir.
¿Crees que serán muchos los que deseen luchar por tener más que los demás, siendo que poseen todo aquello que la vida puede dar, menos el poder sobre los iguales?. Pienso, quiero pensar, que no.
— ¿Cómo les da esa seguridad deseada, Héctor?.
— Con trabajo e igualdad.
— No todos somos iguales. Ese es un error que la izquierda, con muy buenos deseos, ha querido hacer entrar en la cabeza de la humanidad; pero es falso.
— Falso con mayúsculas. Pero si hemos de vivir juntos; y está claro que somos seres sociales -aunque en muchas ocasiones no entienda por qué- necesitados de los demás; sí debemos ser iguales respecto a los derechos y las obligaciones en lo que concierna a la convivencia, a la misma existencia de esa sociedad que hemos creado, o que se crea a nuestro paso; que es nuestra huella y nuestra esperanza; que es nuestra vida en gran parte, pues son el resto de los seres humanos que han vivido y viven en este planeta, los que nos han dado lo que heredamos, los unos, y los que preparan el futuro de nuestros hijos junto a ti y a mi, los otros.
— ¿Entonces de qué igualdad nos habla usted?.
— De la igualdad de recompensa ante un igual esfuerzo. Y el esfuerzo es la aplicación de una fuerza, ya sea esta mental o física, el consumo de la energía vital humana. Al no obtener todos los implicados en el andar la sociedad idéntico pago -por considerar que unos esfuerzos eran más importantes que otros, olvidando con ello que la energía, la vida gastada por el trabajador, sí es la misma- el desequilibrio era demasiado importante para mantener el sueño, demasiado evidente. Dando lugar al antiguo cuerpo a cuerpo: Poder y Dinero contra la misma humanidad.
Si un hombre estudia lo que puede, lo que da de si el cuerpo con —sin decidir su dueño nada al respecto— el que nació. Si al cumplir los dieciséis años, ya un adulto-adolescente mínimamente educado, elige trabajar de peón o aprendiz, y poco a poco, con el paso de su vida, consigue aprender bien su profesión y llegar a la vejez cuidando honradamente de su prole; ¿es justo que obtenga diferente calidad de respuesta, de seguridad y comodidades, de admiración social, que aquél otro que, habiendo nacido con una mente capaz y preparada de antemano, de ante-nacimiento, para estudiar, lo haga hasta los veinticinco consiguiendo así su vocacional destino, y ejerza después su trabajo hasta la vejez, cuidando honradamente también de sus hijos?. ¡Yo digo que no!. Que ése es el “principio de injusticia”, el dolor que sufre la sociedad enferma en la que vivimos. ¿Cuál es la diferencia real, si existe, Iñaki, entre el esfuerzo mental y el físico?. ¿Entre una entrega y otra?. Ninguna en lo que respecta a la dedicación, la voluntad de ayudar, de dar lo que se tiene dentro, de mantener el gran cuerpo humano con salud y fuerza. Eso es lo que somos, Iñaki, un único cuerpo; así debemos reconocernos, porque así necesitamos que sea. ¿Le da el administrador de nuestro “yo” más alimento al corazón que al pie?. ¿Por qué habría de hacer semejante tontería?. Si el cáncer ataca a cualquier parte de nosotros, a la menos importante (si esta palabra aquí tiene sentido porque yo me quiero todo por igual. Pregúntale al amigo al que se le cae el pelo, dile: ”Tranquilo hombre, no era una parte esencial de ti”). Si ataca el cáncer, decía, adonde sea que lo haga, nos veremos empujados a la enfermedad generalizada y quizá, a la muerte. El cuidado personal, la vida larga, se halla en el equilibrio; eso es algo en lo que todos los médicos, sea cual sea la medicina que practiquen, están de acuerdo.
— Suena a comunismo.
— Pero no lo es. En todas mis palabras encontrará defecto aquel que desee continuar siendo partidista, reflejos de su enemigo; porque en ellas hallará frases e ideas contrarias a su principio.
El comunismo y el capitalismo, las dos columnas que han levantado y soportado nuestra más reciente historia, han fracasado individualmente pero, eso no significa que todas sus leyes, sus formas de actuación, sus características, sean erróneas ni mucho menos odiosas, dignas de echar en el olvido para buscar algo nuevo, virginal, caído de repente.
  • ¿Qué cogemos de cada cual, amigo Maní.?.
— Maní, según tengo entendido -únicamente un libro he leído sobre su vida- es uno de los personajes más vilipendiados de la historia; espero no acabar como él, yo sólo escribo cuentos y poemas.
— No sé si lo he dicho en broma; él hablaba a cada cual lo que este cual quería escuchar, cogiendo de aquí y de allá, juntando y separando a su necesidad. Con la excusa de unir religiones y civilizaciones trazó el camino de su final.
— Un final con eternidad unida a él pues todo el mundo utiliza la palabreja: “maniqueo”. Pero no tiene eso nada que ver conmigo. Yo no uno, ni siquiera necesito hacer esto. Vivía yo muy tranquilo en la montaña con mis hijos, mi amada y algunos animalillos que todavía quedan por ahí. No, no hago esto por otra razón que no sea el empuje inolvidable, de terrible fuerza e impronta de las musas.
Cogeremos la igualdad social del comunismo y la libertad del capitalismo.
— Si puede explicar eso a los que le escuchan.
— Por supuesto, Iñaki. Si apartamos a un lado, donde podamos verlos para no olvidar, a los poderosos de ambos bandos; a aquellos que en el dominio sobre los estados,  han acaudalado fortunas y poderes más allá de lo razonablemente avaricioso y así, han asesinado no solamente a las personas, sino a los mismos sistemas y a la esperanza. Si vigilamos a todo aquel que quiera apoderarse de lo que no le pertenece: los demás; y sabemos elegir con la paciencia y el rigor del científico lo que de cada parte pueda resultar positivo para la humanidad como ente único y para los individuos que la forman, no habrá posibilidad de error.
El comunismo, el pulso de su corazón inicial, nos igualaba a todos, y eso es bueno. Sólo la cerrazón dictatorial que encerraba al pueblo bajo el mando de los de siempre pero con nombre, con causa, nueva, acabó destruyendo una de las mejores ideas iniciales nunca pensadas. Al final: todos iguales por debajo de los que organizaban y hacían a su antojo. Es terrible el ser humano si le dejas.
El capitalismo fue un cuento de libertad al mejor estilo Hollywood: “Todos tendréis iguales oportunidades en un mundo de comercio e ideas libres”.
Pero como en tantos cuentos de hadas, no tardamos mucho en darnos cuenta de que si éstas existen, no están por aquí cerca. Y cayó el sistema bajo el peso de la avaricia y el consumo desmedido, provocado éste, por el dominio sobre las masas de educadores esclavos mentales del sistema de las promesas del tener… más y más.
El Estado se convierte en mi cuento (y grito y reitero gritando más alto si se puede, que es un cuento que cada cual se debe tomar como quiera, sólo un cuento que me dictaron las musas. Nada de linchamientos y esos desatinos tan humanos. Lo digo en broma, pero mira como acabó Maní).
El Estado -continúo ahora en serio- creará un ente que nos dará la libertad siempre, de formar parte de su funcionamiento, parte tan importante como cualquier otra; o la libertad igual, de no hacerlo, de andar un camino propio y autónomo.
Hay que recordar para que no quede lugar a ninguna duda que tan solo hablo del aspecto económico de la sociedad. Nada tengo que opinar ni decir sobre el resto de espinosos temas que circundan nuestra vida: legislativos, morales, religiosos etc… Pues todos y cada uno de ellos son por naturaleza, muy difíciles, o imposibles de acordar entre nosotros los humanos. Darán para largas discusiones, de unos siglos de duración.
— Solamente economía.
— Solamente economía.
— ¿No están todas las asignaturas del hombre interrelacionadas y unidas a cada uno de sus pasos en la historia?.
— Sí y no. Verás. El alimento y la familia, la necesidad de sentirse seguro al respecto de su supervivencia, no admite duda para el hombre, pero tampoco para ningún animal. No se puede discutir sobre su innata pertenencia a nuestro “yo” vivo, a todo “yo” vivo. Todo lo demás es más humano, más opinable.
— Bueno, y aceptando esa separación; ¿cómo funciona su “económico” Estado?.
— Sencillamente, dejando aparte todo aquello que sí que funciona más o menos bien dentro de nuestra democracia y creando dentro del Estado una empresa. Dejando que el Estado entre en el juego del comercio pero, no para lucrarse al mejor estilo “gran empresario”, sino, al contrario, asegurando la buena vida de sus trabajadores sin por ello dejar de ganar dinero; mucho dinero. La Empresa del Estado abarcará todos y cada uno de los ámbitos y productos que existen en el mercado, quedándose en exclusiva los correspondientes a alimentación y vivienda - bases de la vida, que no deben tener ninguna posibilidad de caer bajo las compras desmedidas por especulación-.  Entrará así en competencia directa con el resto de empresas libres pero, ofreciendo todos sus productos a precio de coste real más un tanto por cien de I.V.A. -único impuesto que existirá-. Sus productos abandonarán la actual norma de obsoletismo que está destrozando nuestro planeta y cada uno de ellos será para siempre (o casi), garantizados durante muchos años, como antiguamente, hecho para durar, por el bien del cliente y del mundo. Creando para cubrir necesidades, con eficacia y economía. Y no es real la idea generalizada -porque nos la han inyectado- de que así no se gana, que si los productos no se rompen, la economía desaparece. ¡Pero si todas nuestra lavadoras funcionan, todos los trabajadores que las fabrican serán despedidos y morirán de hambre!.
Falso, siempre habrá trabajo de investigación y mantenimiento. Investigación para superar los problemas naturales de la vida, la mejora continua, y el mantenimiento de la calidad de vida ofrecida. La Empresa invertirá sus beneficios y a sus trabajadores, a toda ella misma, en ello.
Competirá poniendo el precio mínimo de cada producto pero no su máximo, ya que los empresarios libres podrán ofrecer los suyos por lo que ellos crean conveniente, jugando la baza, siempre existente, de la moda, el gusto por el cambio, por lo diferente. Y con ello dará trabajo a todo aquel que quiera formar parte de nuestra empresa.
— Eso es mucha gente.
— A todos. Trabajo hay de sobra. ¿Quién limpia los bosques para evitar los incendios?. Nadie, pues es necesario para mantener un bosque vivo y que él nos pueda devolver el favor. ¿Quién arregla los zapatos (sin morirse de hambre por hacerlo), los coches como antaño (sin cambiar todo el Kit y ya está)?. ¿Quién arregla las carreteras que casi nadie utiliza y no dan votos?. Hay que construir hospitales hasta que no haya aglomeración en ellos. El problema es quién lo quiere pagar. Pues bien, la empresa lo hará.
Todo ciudadano que cumpla los dieciséis años, edad en que el estudio dejará de ser obligatorio, pasará a cobrar de la empresa el sueldo que como tal ciudadano trabajador le corresponde. Decidirá si desea continuar sus estudios o ponerse a trabajar. Para ambas opciones tendrá que demostrar su valía, pues responderá con su productividad ante todos sus conciudadanos, ante sus vecinos y amigos. Pero en cualquiera de los casos su sueldo será suyo; exactamente de la misma cantidad que el del resto de ellos. Desde el estudiante al peón o al presidente del gobierno, al juez o al mecánico, al limpiador o al arquitecto. Todos por igual y a la vez, construiremos nuestro futuro. Cada cual podrá hacer con su vida laboral aquello que más le guste, o si no demuestra servir para ello, aquello para lo que sí esté preparado física y mentalmente.
Reitero que hablo de los hombres sin separación de mujeres y varones, de ahí la masculinización de las profesiones, no quiero, ni mucho menos, molestar a nadie.
— ¿Podrá la Empresa pagar a todo el mundo, Héctor?.
— A todo el mundo que quiera formar parte de ella, es tan libre la entrada como lo es la salida.
Cada producto tiene su coste en material, en energía, tema importante del que tenemos que hablar, y en mano de obra. Si a todo ello le sumas el I.V.A. y cuentas que los trabajadores se van a gastar el sueldo que les has pagado, en su mayor parte, en las tiendas de todo tipo que pertenecen a la misma Empresa, no parece difícil que funcione y que dé muchos beneficios. Que hay muchas deudas antiguas que pagar.
— ¿Y nos permitirá ese sueldo igualitario comprar lo que necesitemos?
— Por supuesto, eso es seguro. ¿Tú sabes los tremendos márgenes de beneficios que van a desaparecer?. Casi todo va a bajar de precio espectacularmente, porque te recuerdo que el precio será el del coste más el impuesto. Nada que ver con los precios actuales.
— No a todo el mundo le gusta lo de la igualdad de sueldos.
— ¿Iñaki, estudiaste periodismo por el placer de averiguar la verdad y contarla; o por el dinero que te pagarían en televisión?. Todo aquel que no desee ganar un sueldo justo que le permita vivir bien con todas sus necesidades cubiertas, puede abrir su despacho o empresa particular. Es libre de competir; tan solo tendrá que hacerlo bien y ofrecer algo diferente. Pero, que recuerde que los productos de la Empresa estarán garantizados por su calidad con muchos años de duración; que nuestros profesionales serán buenos y la mayoría vocacionales, que trabajarán en justicia e igualdad. Mucho tendrán que ofrecer (muy bueno y llamativo) para que el cliente acuda a ellos. Esa necesaria mejora en los productos hará que el mercado gane en calidad y por tanto en competitividad real, no manejada por los poderosos.
Que quede claro que todo aquel que elija la empresa libre perderá, mientras permanezca en ella, su trabajo y sueldo en la Empresa del Estado. Nada de pluriemplearse, como ahora; por la mañana en la Seguridad Social o en la administración, y por la tarde en la consulta o el despacho particular. De eso nada. Todos los trabajadores, estudiantes incluidos, de la Empresa vivirán exclusivamente de ella por dos razones: primera, que así se podrá controlar su modus vivendi, asegurándose de que no gastan más de los que les permite su sueldo, evitando así la corrupción y el abuso de poder para beneficio propio o de los allegados; y segunda, hay que dejar el mercado libre para que los que realmente deseen vivir en él y de él lo puedan hacer sin la competencia desleal de quien ya estaría ganado un sueldo del Estado.
— ¿Qué nos quieres decir sobre la energía, porqué es evidente que nosotros petróleo no tenemos?.
— Lo del petróleo no es un gran problema. Todos sabemos que hace muchos años que existen motores que apenas lo consumen y que no se han comercializado por intereses de las petroleras y demás millonarios interesados en ello. La Empresa invertirá en su investigación y sobre todo en el desarrollo real y no falseado para el control sobre el consumo de petróleo, de las energías alternativas en las que, aunque maniatados, somos pioneros.
Otro punto importantísimo de inversión será la educación y la posterior preparación en los estudios superiores, para que nuestros jóvenes sean capaces de darnos todo aquello que llevan dentro y utilizarlo para el progreso de la comunidad. Inversión en locales y material mobiliario, informático, de laboratorio, por cuya utilización luego se pagará un alquiler nimio anual a la Empresa, ya que será proporcional a lo que costó y a los años de pronosticada duración. Y el profesorado, de gran plantilla para evitar la aglomeración en las aulas, también lo pagarán los padres y alumnos. Y será una cifra muy pequeña, no como la de ahora, que aunque no directamente, la pagan con sus impuestos. Hay que tener en cuenta que dos padres son dos sueldos, y que entre esos dos pagarán la parte proporcional del sueldo del profesor (que ya saben que es igual que el suyo, ni más ni menos) por cada hora de enseñanza, más el IVA. A partir de los dieciséis años el joven tendrá su propio sueldo con el que poder pagar esa cantidad. Para que se hagan una idea, si los padres ganan un euro por hora cada uno en sus trabajos y el profesor tiene veinte alumnos en su clase; cada padre pagará dos céntimos y medio por hora al profesor. No parece impagable. ¿Alguien se ha parado a calcular lo que nos cuesta hoy en día la educación masificada de nuestros hijos?. Mejor que no lo hagan. Ha de quedar claro que a partir de esos dieciséis años, el estudiante que desee seguir siéndolo, podrá estudiar e investigar todo el tiempo que necesite, aprobando, por supuesto; y si al terminar sus estudios abandona la Empresa para pasar a la empresa libre, deberá compartir todos sus descubrimientos -cualquier avance que se realice con su colaboración- con la Empresa, como derecho de escuela y para que nunca pueda el Estado quedar atrás en el paso de la humanidad al ver de su base arrancados sus investigadores más valiosos por la avaricia de las grandes empresas que todo lo quieren comprar para provecho personal. El derecho de la Empresa estatal es el derecho de la gran mayoría de ciudadanos, el derecho de la humanidad futura.
—Tema levantador de ampollas la desaparición de los servicios estatales que hasta ese momento eran gratuitos: seguridad social, por ejemplo, o la ya mencionada enseñanza.
— ¿Gratuitos?. ¡Falso!, esa es otra gran mentira con la que nos engañan para esconder sus  oscuras formas de enriquecerse y de endeudar, a su vez, al estado y por tanto a cada ciudadano, con los buitres felices de comerse países enteros.
En primer lugar y por razones obvias, los Servicios de Seguridad del Estado, los guardabosques, los bomberos, los servicios de guardia de urgencias en los hospitales y algunas otras cosas, no siempre son servicios requeridos por un ciudadano que los pueda pagar; así que seguirán estando a cargo de las arcas del Estado, bien repletas gracias al impuesto que se cobra de cada venta o servicio. Y al respecto de la utilización de los profesionales de la Empresa, ya sea un cirujano, un juez o un barrendero o cualquiera de su enorme plantilla, tendrán el precio proporcional a su sueldo y a las horas invertidas en el servicio prestado más el IVA; a pagar cuando se utilicen esos servicios y no todos los meses de toda tu vida. ¿Cuánto es eso en dinero, Iñaki?. Una cantidad ridícula. La consulta de un médico de unos quince minutos de duración, de media, le puede costar al enfermo unos veinticinco céntimos por el doctor, y poco más por los gastos de ambulatorio (luz, etc…), súmale el impuesto y tienes que pagar una miseria por la buena atención de un médico vocacional. Y todo ello hace que a la Empresa el sueldo del profesional y los gastos le salgan gratis y tenga el impuesto como beneficio. Como ocurre con la fabricación y venta de todos sus productos, pues nunca fabricará nada que no vaya a ser vendido, en base a los estudios de mercado.
— Y hablando de dinero…¿y los bancos?
— Pues a trabajar como toda empresa libre. Pero la Empresa dará a todos sus trabajadores los objetos –casas, automóviles, electrodomésticos, etc...- para cuya compra pedirían un préstamo al banco, por los cuales le será descontada todos los meses de su nómina  la parte proporcional de su valor, durante el tiempo acordado previamente, hasta ver pagado el total. La cantidad por la que se le permita al trabajador endeudarse continuará siendo, como hoy, aquella que le asegure poder seguir sustentando sus necesidades básicas. De esa manera, como las demás empresas libres, la banca ofertará sus opciones en base a cantidades que la Empresa no cubriría, con respecto a los trabajadores de ésta última; y trabajará, por supuesto, con el resto de empresas libres, que también lo podrán hacer, bajo ciertas condiciones, con la Empresa del Estado.
— ¿Y la empresas libres no quedarán demasiado apartadas del Estado y de su Empresa, de la sociedad que éstos dominan?
— No debe ser así. Ellos, al igual que sus trabajadores, podrán vivir, como mínimo, con las mismas condiciones que los trabajadores de la Empresa Estatal. Sus sueldos nunca serán inferiores –sería de tontos abandonar el sueldo y la seguridad para ir a peor, y no volver-. Y los precios tanto de las tiendas de la Empresa como de sus profesionales serán los mismos para todo el mundo. El país exportará e importará, y ayudará a todos los empresarios como hasta hoy. Sus negocios marcharán bien si los saben adaptar a la nueva situación del mercado, porque siempre tendrán clientes que compren sus productos, ya sea buscando lo diferente o por otras mil diversas humanas razones. Ellos serán los encargados de dar dinamismo real a la economía, evitando así que ésta caiga en el círculo cerrado que causaría su ausencia. Ellos serán la libertad de elegir, esencial en la vida humana; y que tanto se echó de menos en otras épocas y en otros sistemas. La Empresa dará seguridad, ellos diferencia y ampliación. Todos, fuera y dentro de la Empresa, o sea, dentro del Estado, continuaremos siendo un solo cuerpo.
Realmente, pienso que habrá un equilibrio entre el número de gente que elija la seguridad y tranquilidad de la Empresa y los que prefieran buscar más dinero y más libertad fuera de ella; para todo hay.
El éxito de todo esto radica en estudiar bien la cantidad de trabajadores que se ha de dedicar a cada profesión. No debe haber más gente fabricando coches o cepillos de dientes de los necesarios, ni profesionales de ningún tipo. Nadie parado, nada de más. Todo utilizado, efectivo y funcional. Movimiento y reparto de trabajo. Resultados esperados, previstos. Continuos estudios de mercado que le marquen a la Empresa donde necesita gente y donde le sobra. Habrá que estudiar con sumo cuidado cual es el margen de error (tiempo de trabajo no efectivo, no productivo) de cada puesto para no perder energía en el cuerpo de la Empresa; tan solo es cuestión de buena organización. Ciertas profesiones requerirán guardias de horario continuo y otras en las que el profesional trabaje a golpe de llamada. Cada puesto tendrá sus condiciones particulares, siempre buscando el bien común del individuo y el grupo –eso  nunca debe resultar imposible de compatibilizar.
— ¿Y la transición?. ¿Cómo se hace una revolución sin tal?.
— Fácilmente. El Estado posee tierras, locales, gente y algo de dinero. Pondrá, ¡a partir de ya!, en movimiento toda su maquinaria para abrir el abanico de centros de trabajo que necesita, hará productivos a sus funcionarios desde hoy mismo y realmente -administrando y haciendo pan, y camiones, y todo lo que haga falta en el mundo-; e invitará a que todo aquel que lo desee, abandone su carrera de avaricia o competición por la supervivencia para ceder su pequeño o gran negocio a la Empresa a cambio de un sueldo, por fin, seguro; y de tranquilidad para vivir felizmente y tener tiempo para aprender a ser uno mismo. Crecerá fácil, quizá no deprisa, pero muy fácilmente.
Todo es cuestión de ritmo, Iñaki. Una sociedad equilibrada económicamente será el contrabajo de la banda, el tambor de nuestra social sinfonía. Los neonatos, en su interior y materno mundo, entonarán los trinos que den forma a la humanidad futura. Espero que con amor. 
— Suena demasiado sencillo, casi dirán algunos que tonto. ¿Y el fallo que busco, Héctor, dónde está?.
— A lo primero contestaré que yo soy un hombre sencillo, de soluciones y problemas sencillos –que casi todos lo son si no hay a quien le interese agrandarlos-. A lo segundo, no lo sé; que si no fuera así intentaría resolverlo. El tiempo nos lo dirá.
— …………..
— …………..
— Tampoco me da la impresión de que haya muchas probabilidades de delincuencia, Héctor; fuera del mercado negro de drogas y demás. Pero los robos parece que deberían tender a disminuir ante tanta igualdad económica, dado el alto contraste que causaría alguien que viviera por encima de las posibilidades normales, al menos en la plantilla de la Empresa, políticos incluidos.
— Puede ser pero, tampoco hay que soñar demasiado, ¿no?.
— ………...
— ………….
— Buenas noches, Héctor.
— Buenas noches, Iñaki.

CARLOS GARCÍA TEJEDOR
Valencia, primavera de 2011

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