domingo, 22 de marzo de 2009

El espejo del peluquero

Peino a señoras, afeito a ancianos, corto el pelo a niños y también me ocupo de que enfermos y discapacitados mantengan una imagen pulcra, aseada y digna. Soy peluquero a domicilio. Voy de casa en casa atendiendo a todo tipo de clientes que por uno u otro motivo no pueden desplazarse a una peluquería. Viajo con mi maletín de útiles y mi espejo. De las tijeras, navajas, cepillos, peines, clips, pinzas y tirabuzones no tengo nada especial que decirte que tú no sepas. 
De mi espejo, este espejo normal y corriente enmarcado en madera y con un base que lo mantiene en vertical, déjame que te diga que le tengo un especial cariño. ¿Que qué tiene de especial? Pues que nos proporciona, a mí y a mis clientes, momentos de gran satisfacción. Es el momento en que, acabado mi trabajo, me sitúo detrás de ellos y veo brillar sus ojos cuando se ven a sí mismos con la cara despejada, el cabello ordenado y bien peinado. Ese instante es lo que hace que, pese a las duras condiciones, adore mi trabajo y a mi espejo.
Algunos de mis clientes me preguntan cómo consigo dejarlos tan guapos. Yo les digo que es el espejo quien me guía. Que veo en el espejo a la hermosa persona que en realidad es. "¿Y por qué yo me veo viejo, cansado, enfermo, feo?", me preguntan a continuación. Entonces me gustaría decirles que guarden en su memoria la imagen de sí mismos reflejada en mi espejo y traten de ser esa persona. Pero no se lo digo porque sé que en cuanto me vaya, la realidad de sus limitaciones, padecimientos y soledades volverá a apoderarse de ellos, creciendo inexorablemente como crece su barba, se desordena su cabello canoso o se enmarañan sus rizos. Pero eso no me desanima porque sé que dentro de mi espejo queda grabada la auténtica imagen de cada uno de mis clientes. Caras felices, rejuvenecidas, llenas de ilusiones y sueños. Caras agradecidas que me dicen que sigue habiendo vida para ellos, o que siguen siendo personas hermosas y bellas, como lo habían sido alguna vez en su pasado. Caras que se conservan intactas, inalterables al paso del tiempo y de los hechos, y que vuelven a aparecer, en la siguiente visita, cuando retiro la funda del espejo y me sitúo detrás de mi cliente, para empezar de nuevo.


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