viernes, 13 de marzo de 2009

El chiflado de las mariposas

Las Mariposas Monarca son inconfundibles: sus alas amarillas brillan entre gruesas rayas negras; las hacen suntuosas… Y sus delicados movimientos las hacen parecer las protagonistas de un baile noble.

Cada año migraban hacia el Sur desde las Rocosas en primavera, y siempre descansaban su vuelo en la cabaña de un viejo pastor de cabras. Las que volvían de una vez para otra ya no eran las mismas; eso lo sabía el anciano, porque una mariposa no vive más de seis semanas. Pero todas las primaveras pasaban por allí y se detenían como para saludarle afectuosamente.

Le gustaba pensar que estas se transmitían de generación en generación, que en ese lugar podían reposar y aquietarse, tranquilas. El hombre había conocido ya a nietas, biznietas, tataranietas, madres, abuelas, bisabuelas, tatarabuelas, tataratataratatarabuelas, a toda la familia…

Las Monarca agradecían que él se deshiciera, antes de su llegada, de las arañas y algunos pájaros que se daban un festín gastrómonico cuando ellas llegaban al bosquecillo; a veces algún murciélago escondido les había dado un buen susto, pero el buen señor a escobazos, lo había hecho huir con las orejillas muy tiesas y las alas temblorosas.

Los árboles allí eran altos y fuertes, a pesar de que alguna vez estuvieron en peligro. Grandes empresarios y apoderados de la población cercana, trataban de convencer a todos los de la región de que la tala era sinónimo de mejorar las cosas; en cambio, protestas y manifestaciones, les hicieron cambiar de idea. El alboroto fue espectacular, pero después de eso, la paz volvió a reinar por los alrededores.

Hacía cinco lustros que paraban por allá… Las esperaba con fervor… No se oía ni el vuelo de una mosca.

Muy triste y decepcionado entró en la casa. Había anochecido ya y era hora de acostarse.

Ya estaba en la cama, cuando mariposas y más mariposas empezaron a llegar como con cuentagotas; el anciano se levantó alborotado, porque realmente no sabía quiénes le visitaban a aquellas horas.

Intentó salir por la puerta y ver lo qué ocurría, pero alguien había atorado la puerta desde fuera y no le era posible. Entonces, pensó  en escapar por una ventana. Accedió a la más cercana, y entonces comprendió que no podría salir de la cabaña.

Toda ella, estaba recubierta por las Monarca y el abuelo tomó conciencia de que estaba preso allí dentro hasta que levaran el vuelo. Pasó de esta forma toda la noche, y cuando despertó, ellas seguían allí.

–¡Preciosas, dejadme salir, que nadie os va a hacer daño…! –exclamaba con los primeros rayos de sol.

–Esto empieza a no ser un juego, Monarcas –decía cuando se aburría.

–¿Por qué no os morís ya, gusanos infectos? –preguntaba intolerante ya, cuando empezó a escasearle la comida.

Y no tardaron mucho en hacerlo. A las dos semanas las mariposas empezaron a caer, y el hombre salió casi sin fuerzas de la cabaña, en medio de un manto dorado y gualdo, sin entender nada de lo que había pasado.

     Sólo los habitantes de cabañas contiguas sabían los motivos por los que ahora era un chiflado que cazaba mariposas. De noche y de día, él no pensaba en otra cosa, sólo en atraparlas una a una…

El loco continuamente estaba mirando hacia los troncos cortados, hacia los maderos raídos, hacia todas las luces de la casa en busca de alguna Monarca que volviera a visitar los lugares que tanto les gustaban en otras épocas. Portaba el cazamariposas con toda la maestría que sus años y sus huesos le dejaban tener, como si de una raqueta de tenis se tratase y, aunque hasta el momento el viento y el aire eran lo único que apresaba, seguía agitando la manga una y otra vez.

Lo que una noche cazó fue una polilla. Estuvo observándola durante toda la madrugada con curiosidad, cómo se movía, cómo se articulaba… Hasta la mañana siguiente, porque se durmió mucho antes de que la alada se fuera.

El invierno llegó y fue el que le confirmó que no habría más capturas… El viejo rió, porque tiempo era precisamente lo que le sobraba para esperarlas.

Con unas planchas de madera y papel vegetal, se había fabricado un muestrario, que ya lo quisiera para él cualquier aficionado a estas particulares batidas, y allí tenía planeado insertar a las mariposas que cayeran en su red.

Después, atravesaría a todas sus capturas con un alfiler y las expondría como si hubiera sido su sino en esta vida y así pudiera sentirse orgulloso de haberse vengado de las Monarcas que una vez invadieron su casa.

Sin embargo, el expositor donde debía fijar las mariposas, estaba completamente vacío y de esta manera iba a continuar; el hombre nunca hubiera podido banderillear a las Monarca, no podría ni intentarlo sin sentir que le punzaban el corazón. No volvieron a pasar por su cabaña; quizá habían comentado entre ellas lo furioso que se puso aquella noche que, asustadas porque se encontraron anteriormente con unas glotonas y amenazantes avispas, habían buscado calor y acogida, hallando en su lugar gritos y exabruptos aguerridos.

Así es como ellas, lamentaban profundamente que su antiguo casero hubiera dejado de tratarlas como casi divinidades celestiales… Y él, llora por los rincones, porque al no acompañarle ya las coloridas mariposas, no encuentra el matiz y la viveza en su  entristecida existencia.

PILAR ANA TOLOSANA ARTOLA


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