miércoles, 4 de febrero de 2009

El barco varado

El encanto y el misterio del mar Cantábrico subsisten en la inolvidable adolescencia de Berta y en la de los demás amigos del grupo. Sus pasos habían recorrido y corrido, en incontables ocasiones, los tres kilómetros de arena fina y dorada que iban  desde El Puntal al islote rocoso. Aquella era  una playa casi siempre vacía, protegida  por unas  dunas  en  las que algún bañista solitario  se tumbaba a tomar el sol. Sin embargo, a ellos les gustaba pasar el día y alguna noche  en  la playa, disfrutaban con aquellas olas titánicas contra las que luchaban como si fueran lobos de mar, con el viento impetuoso del  oeste que siempre traía tormenta o con las gaviotas de pies rojizos y pico anaranjado que sobrevolaban sus cabezas en los crepúsculos del verano. 


Aquella mañana del 15 de agosto, Berta bajó a la playa a la hora acostumbrada .La bruma era tan intensa  que apenas veía, aunque intuyó por el sonido de las olas lejanas que la marea estaba muy baja; se tiró bocabajo sobre la toalla mirando hacia el mar invisible, cerró los ojos y sintió un cosquilleo en el estómago y un pálpito en el corazón ¡Qué día tan extraño! , pensó. Los otros fueron incorporándose y tumbándose en la arena con exclamaciones como ¡Hoy todos los barcos se han extraviado! ¡Poseidón está furioso! ¡Parece que se acerca el momento del juicio fina! ¡El sol ha muerto!  Al cabo de unos minutos se quedaron envueltos en el eco de las palabras pronunciadas; Berta se incorporó despacio y se sentó sobre los talones. Y, al unísono con la bruma que iba levantando, ella  caminó hasta el agua, anduvo en paralelo entre la tierra y el mar, sin permitir que las olas acabadas le rozaran los pies, esas olas que retornaban al mar convirtiéndose de nuevo en gigantes, en un eterno movimiento circular.


Al levantar la vista hacia el horizonte con los ojos entornados, su mirada se posó en algo que parecía balancearse a 200  metros de la orilla. ¿Era un barco varado que dejaba ver su costado de babor? Los tres silbidos de emergencia hicieron que en cinco minutos los siete amigos nadaran con brío hacia la embarcación. Fueron instantes atemporales de excitación contenida; recorrieron el barco de metal oxidado, distribuyéndose  la inspección.


Era la primera vez que buceaban entre los restos de un naufragio. El costado de estribor estaba hundido en la arena con la proa en dirección a alta mar, como si el barco ya estuviera realizando la partida cuando la hélice debió quedar destrozada por la garra de la tierra, la cadena  del ancla –que parecía un pendiente de plata brillando en el  agua verdosa– estaba partida. 


Era un barco menor de unos veinticuatro metros de eslora; la marea baja les facilitaba las inmersiones continuas. Los que fueron a las bodegas vieron unas cajas de madera: diez, quince en una primera hilera y muchas más esparcidas por el suelo; se leían perfectamente los números romanos escritos cada una de ellas,  con una tinta aún no borrada: XXII, XVI, pero no podían abrirlas. Emergieron para tomar aire y a quince metros escucharon los gritos del resto del grupo que les indicaban que se acercaran, ya todos juntos se sumergieron hasta lo que podría ser el camarote del ¿capitán?, ¿del sobrecargo? -en los libros de aventuras marinas que habían leído, el resto de  la tripulación siempre dormía en cubierta- y allí  un hombre pelirrojo flotaba boca abajo, le dieron la vuelta, tenía los ojos abiertos, eran azules, barba también pelirroja, la nariz con una fractura, la boca abierta como si quisiera continuar respirando bajo el agua. La visión del ”capitán” ahogado les resultó estremecedora; aun así, volvieron a la bodega y consiguieron abrir alguna caja: estaban repletas de municiones y de armas, calibre veintidós y dieciséis.


Llegaron exhaustos a la orilla de la playa, se dejaron caer en la arena con las respiraciones entrecortadas. Berta, con los ojos cerrados, dijo en voz alta :


He visto por primera vez los restos de un naufragio.

He visto por primera vez a un hombre muerto en las profundidades del mar.

He visto por primera vez un barco varado, con la hélice rota y la cadena del ancla partida.

He sospechado que los contrabandistas de armas han huido volando por el mar.

Han dejado como prueba de la verdad:

Un barco hundido en la tierra

Cien cajas de armamento y municiones

Y el  cuerpo sin vida de su capitán pelirrojo.


CRISTINA PUMAR

Enero 2009

 

No hay comentarios: