miércoles, 21 de enero de 2009

Vidas ordinarias

La muerte de un tipo como Nicky Gordon no fue diferente a la de muchos otros. Lo encontraron una mañana en su habitación tras la visita de un par de tipos con los que tuvo un intercambio de impresiones que dejó la dialéctica por el suelo, junto a una decena de casquillos. Y si su muerte era algo ordinario, no lo fue menos su vida: Nicky se crío en un ambiente en el que el sueño americano de cualquier muchacho pasaba por entrar en la banda de Frank Costello, el flamante capo de New York. Y así comenzó su carrera como casi todos los chavales al norte de Mulberry street, pasando recados o vigilando en las esquinas. Como muchos otros.

Nicky era un tipo tímido, que a duras penas disparaba un par de palabras que te dejaban la boca seca y el cerebro turbado. Lo conocí en los muelles de Brooklyn en la época en que los controlaba Albert Anastasia y no entraba trabajador ni mercancía fuera de su control. Nicky y yo nos ocupábamos de que nadie se pasara de listo. A veces él se animaba y me contaba alguna cosa de su infancia: Muchacho, era una época difícil. En casa únicamente sobraba hambre. Algunas noches, si queríamos cenar algo, teníamos que chupar las manchas de la camisa.

Nicky sabía hacer su trabajo. Se atenía a lo que le indicaban. Si tenía que amenazar a algún tipo o darle un escarmiento, lo ejecutaba pulcra y fríamente, sin adornos. Una de aquellas veces le acompañé y, al terminar, fuimos a tomar una copa a uno de esos bares en los que la única mano de pintura que habían dado en muchos años era para tapar el contorno de un cuerpo pintado en el suelo con tiza blanca. Allí, recibieron con afecto a Nicky porque los tipos sórdidos como él siempre dan ambiente, como el humo, la luz escasa o las mentiras. Al tercer whisky me dijo: sabes Pike, nunca he liquidado a ningún tipo que no oliera a muerto desde dos semanas antes. Lo único que hice fue encajar en su espalda las balas que otro tipo les había disparado días antes desde su oficina. Yo únicamente cumplí un encargo que, de no hacerlo yo, habría cumplido cualquier otro. Creo que como mucho un juez sólo me podría condenar por haberles hurtado unas cuantas horas de vida. ¡Maldita sea, muchacho!, estoy casi seguro que cuando les disparé algunos de esos tipos ya estaban fríos. Aquella noche le estuve observando y comprendí que afrontaba su trabajo con la resignación de un profesional. Y ojala todo el mundo lo hiciera con su misma integridad, el mismo decoro y algo de su decencia. 

El funeral de Nicky tampoco fue diferente. Un ataúd  de oficio, sin familia y un par de tipos resguardándose del frío. Hasta que por fin vi entrar algunas caras conocidas y me alegré de ver allí a algunos de los chicos. Porque, al fin y al cabo, todos sabíamos que una vida como la de Nicky bien podría ser la nuestra.

Pablo Albert & J. Felipe Alonso:

http://lostiposdurosnoescribenblogs.blogspot.com/


1 comentario:

Cuculí Pop dijo...

Qué buena.
Qué deleite.