martes, 27 de enero de 2009

La trenza de la princesa

Hay quien lo llama poder de evasión. Tener esa facultad de leer una historia e ir cayendo poco a poco en su tela de araña: caer hasta que nos engatusa en una demencia quijotesca, que puede hacernos miserables o los reyes del mundo en una ráfaga de segundos. Esto es todo lo que un libro puede proyectar en nosotros sin cuestionarse nuestra condición, nuestra profesión, nuestra ineptitud, o nuestro sufrimiento.


     Ella pensó que lo mejor era estar siempre enamorada, por los siglos de los siglos. Cuando el rechazo y la angustia fueran inevitables, su amor misterioso, el que su imaginación modelaba, la sacaría de cualquier fragua.

     Le gustaba el color de sus mejillas que permanecían enrojecidas como si estuviera indeleblemente ruborizada por su belleza tan singular. Justo encima, sus ojos almendrados y ligeramente achinados se colocaban disciplinados, bajo sus lineales y prolongadas cejas.

     A veces, soltaba sus largos tirabuzones negros, y la brisa los peinaba cuidadosa, como si fueran los de una diosa griega, como con temor de que algún mechón caprichoso quisiera ocultar su magnífico rostro.


     Se decía que todas las noches lloraba amargamente mientras leía, pero que paradójicamente, nadie la había visto lamentarse. Y es que en el momento en el que alguien corría a la Biblioteca en busca de respuestas por los gimoteos oídos, encontraba la sala desierta; sólo, encima de la mesa… quizá un libro de Bécquer, unas poesías de Alfonsina Storni, relatos sobre amores imposibles, o papeles en blanco simplemente, empapados de lágrimas.

     La llamaban “La dama triste”, pero jamás nadie la había visto, sólo la oían sollozar…

     Nadie creía lo que contaba la gente que cuidaba la Biblioteca por la noche, hasta que la muchacha con nocturnidad también empezó a colarse en las bibliotecas de las casas. Sus llantos comenzaron a descolocar a los vecinos, y un poco asustados por que la chica pudiera entrar y pasearse por sus casas, pusieron rejas en las ventanas. Los infelices creían que ingresaba en sus hogares por ahí.


     Fue entonces, cuando supe que era una princesa. Seguía deambulando a sus anchas por cualquier biblioteca, cogiendo cualquier libro de sus baldas, y sollozando cuanto quería… Hasta que aparecía alguien, y se eclipsara prodigiosamente.

     Sólo alguien tan especial como una princesa podría andar con tanta libertad por su reino… Ni más, ni menos… Una princesa… Solamente, ella…


     Por todo el pueblo iba creciendo la desesperación, menos en mi casa. A ninguno de la familia le gustaba la lectura, así que nos veíamos libres de que la fantasmagórica imagen femenina viniera a buscar literatura. No teníamos libros, salvo Las Páginas Amarillas, y algún manual sobre cómo preparar pato a la pequinesa. No era interesante para la dama, definitivamente.


     Nuestra dama triste, siempre apocada al amor, estuvo una noche en la sacristía, y allí pudo ojear algo que jamás había leído: era la Biblia. En ella repasó la vida de Jesús, y al saber de las calamidades por las que pasó, se sintió tan ridícula que nunca volvió a llorar.

     Esa misma noche cortó su larga trenza, y como ofrenda, se la brindó al Cristo de la Luz.


     Por la mañana no reconocieron de quién podía ser el cabello hallado, pero desde entonces sabemos que esta figura noctámbulamente, visita la Iglesia, y busca la bendición de Dios.


PILAR ANA

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