miércoles, 14 de enero de 2009

Karlos Feral

POR DETRÁS TENTACIÓN, POR DELANTE ARREPENTIMIENTO


Me llamó la atención nada más cancelar el billete en el torno de la estación de metro. ¿Cómo no mirarla? Paseaba por el centro del hall de la estación bamboleando sus caderas con aire caribeño, acompasando cada meneo con un vaivén de su ondulada cabellera negro azabache. No pude verle el rostro aunque solamente su manera de andar hacía que cualquier hombre con sangre en las venas volviera la cabeza para admirarla. Era alta, elegante. No andaba, flotaba sobre las baldosas.

Los vaqueros ceñidísimos dejaban sólo adivinar el hilo diminuto de una prenda interior hecha para seducir. No sé qué me ocurrió pero en lugar de dirigirme a la línea cuatro según era mi costumbre, quedé como imantado por su sensualidad y decidí seguirla hacia el túnel de la línea tres hacia la cual ella se dirigía. Iba unos veinte metros por delante de mí. Era hora punta por lo que las estaciones estaban abarrotadas de viajeros que, en su mayoría se dirigían a sus casas después de otra extenuante jornada de trabajo. Me costó no perderla de vista porque a la vez que unos queríamos descender al andén, otros salían de un tren recién llegado a la estación y en el cruce se produjo un atasco en el cual la perdí de vista. No me resigné y después de unos cuantos empujones y pedir cien veces disculpas me precipité escaleras abajo con la suerte de llegar al andén justo cuando otro tren hacía su entrada en la estación. Allí estaba ella de nuevo, andando hacia el final del túnel dispuesta a subir en el penúltimo vagón. Ya no me daba tiempo a alcanzarla así que me colé como pude en el vagón de cabecera y me conjuré a ir cambiándome de vagón en cada estación hasta conseguir darle caza.

En la siguiente parada logré avanzar un par de vagones pero no fue nada fácil. Íbamos como sardinas en lata. De cualquier modo tuve la precaución de mirar en cada parada que no se me escabullera por cualquiera de las salidas. Todo en orden. No salió del penúltimo vagón. Ya casi había alcanzado mi objetivo cuando, al llegar a Callao, la veo salir por delante de mí hacia las escaleras del fondo que se dirigen a un nivel superior que enlaza con la línea cinco. Casi no me dejan salir en pos de ella pero al final lo conseguí dejando que las puertas atrapasen el faldón de mi abrigo, el cual sólo pude liberar de un tirón en el que rasgué las costuras de parte del forro.

Todo merecería la pena si lograba presentarme ante ella. Desde esos pocos minutos en que la vi supe que debía ser mía, así que un abrigo más o menos era poco precio para la recompensa que supondría perderme en sus ampulosas caderas o acariciar sus sedosos bucles. Otra vez la tenía a la vista al final de las escaleras mecánicas. Comencé a subir deprisa ,detrás de un par de muchachas con pinta de estudiantes que parecía que llegaban tarde a casa y que abrían hueco por la parte izquierda de las escaleras. Al llegar al descansillo de arriba volví a perderla de vista con la fatalidad de que la línea me ofrecía la opción de dirigirme hacia la Alameda de Osuna o bien hacia Casa de Campo. La decisión debía ser tomada en una fracción de segundo. El ruido de un tren sonaba en la lejanía de uno de los túneles y yo no sabía que dirección había tomado. Las probabilidades eran de un cincuenta- cincuenta así que opté por tirarme escaleras abajo en dirección Casa de Campo cuando justo en ese momento el tren efectuaba su entrada en la estación. El andén rebosaba gente. Cientos de melenas morenas plagaban el andén y yo no localizaba la mía. Empecé a pensar si no había escogido la dirección equivocada cuando, de repente, su signo distintivo llamó de nuevo mi atención en mitad del tumulto. Su manera de andar hacía que la masa de gente abriera hueco como la proa de un barco abre un surco en la superficie cristalina de un lago. Los hombres se apartaban para admirar sus andares y las mujeres miraban de soslayo con envidia su manera de cimbrearse, más cercana a una pantera que a un ser humano. 

Casi por los pelos pude subirme al mismo convoy que ella. Ya empezaba a estar cansado de tanta carrera y pensé que me vendría bien sentarme. Un asiento acababa de quedar vacío y yo casi no tenía resuello, pero mi  conciencia me decía que, si me sentaba, ella podría bajar en cualquier estación sin que yo me percatara y todos mis esfuerzos habrían resultado inútiles. 

Mirando a través de las puertas que hay entre los vagones vi que se encontraba mirando su teléfono móvil de espaldas a mí un par de vagones más atrás. Conservé mi puesto de observación aún a costa de algún que otro codazo y un par de recriminaciones de unas ancianas que venían cansadísimas de la peluquería y de tomar café en el Corte Inglés, las cuales no pararon de quejarse desde el mismo momento en que se subieron al vagón de que ninguno de esos jóvenes fortachones que venían de jornadas de doce horas de trabajo, habían tenido a bien cederles un asiento y a las que tuve que empujar ligeramente para tener una mejor visión de esa tentación hecha mujer. ¡Cómo está la juventud de ahora! ¡Qué vergüenza!

¿Qué me estaba pasando? Yo nunca había hecho nada semejante. Ni siquiera de adolescente, cuando todas las hormonas y las pasiones formaban un cocktail que nos hacía cometer  las más disparatadas locuras. También es verdad que no le hacía daño a nadie. Al fin y al cabo mi última relación sentimental databa casi del Pleistoceno Medio y nadie me esperaba en casa para pedirme cuentas de mis actos. Quizá atropellar a unas ancianitas con abrigo de piel fuera lo más parecido a atropellar un ciervo  en versión urbana, no me enorgullezco de ello, pero no creo que un guardia del metro me multara cual agente del SEPRONA por amenazar un par de especies protegidas así que me tragué los insultos de tres o cuatro viajeros con vocación de Robin Hood de la ancianidad y un pisotón de la más arpía de las viejitas y conservé mi observatorio con la mayor dignidad posible. En la guerra y en el amor todo vale, amigos míos.

Durante el trayecto yo imaginaba qué le diría cuando por fin lograra alcanzarla. Ópera, La Latina... Quizá algún día pudiéramos ir juntos a ver un concierto o a comprar elepés al rastro. Iríamos cogidos de la mano como dos enamorados cualesquiera, riendo y tomándonos unas cañas en el bar de los caracoles. Puerta de Toledo, Acacias... Sigo sin saber qué decirle, cómo entablar conversación. Yo no querría que pensara que era un aprovechado o un loco. Un psicópata de esos que siguen a las mujeres para luego matarlas en un callejón oscuro. Pirámides, Marqués de Vadillo... El metro se había vaciado bastante a estas alturas. Ahora la puedo ver con toda nitidez. Sigue  de espaldas a mí. Ha sacado del bolso uno de esos periódicos gratuitos que reparten a la entrada del metro. Además le gusta leer. Como a mí. Es perfecto. Si es que somos dos almas gemelas. Es guapa, o eso intuyo, inteligente, ¿Qué más puedo pedir? Urgel, Oporto... ya sé. Puedo hacerme el encontradizo. Así como por casualidad tropezar con ella y, después de un par de frases banales, tocar temas más profundos y hacer que se interese por mí. Quizá sea demasiado obvio. Vista Alegre, Carabanchel... Me empezaba a poder la ansiedad de no encontrar una manera suficientemente hábil de lograr su interés por mí. Quizá lo mejor sería dejar correr el asunto. No. No ahora que he llegado hasta aquí. Lo mejor sería ser yo mismo. O mejor no. Últimamente no me gusto mucho a mí mismo.

Eugenia de Montijo, Aluche... Otra vez vuelve a llenarse de gente. La pierdo momentáneamente de vista. ¿No se habrá bajado? No. Se había sentado y por eso no la veía. Ahora puedo apreciar su bota. Ha cruzado las piernas. ¡Qué piernas tan bien torneadas! Noto cómo una ola de deseo sube hasta mis mejillas desde partes más profundas y en parte me siento avergonzado. Miro a mi alrededor por si alguien ha notado mi azoramiento pero la gente sigue indiferente a sus propios quehaceres y pensamientos sin reparar en lo que a mí me ocurra o me deje de pasar por la imaginación. A veces conviene vivir en medio de la deshumanización. Cada uno a lo suyo, sí señor y si te pasa algo en medio de tanta gente te jodes y te mueres solo o delante del Summa 112 que para eso se les paga, coño.

Empalme (la estación, no mi estado de ánimo), Campamento... Ahora vuelve a ponerse de pie. Le ha cedido el sitio a una embarazada.  A lo mejor sabe lo que es ser madre y por eso se solidariza. No creo. Con ese cuerpazo no es posible que haya tenido hijos. Tampoco es algo que me importara mucho. ¿Y si está casada? Es una posibilidad que no había contemplado hasta ahora. No creo. Intento fijar la vista en sus manos y no parece que lleve ningún anillo. Me llama la atención el tamaño de sus manos. Parecen grandes y fuertes. Seguramente han trabajado duramente para ganarse la vida.

Casa de Campo. Era la última estación. Ya no había lugar para echarse atrás. Ya había pasado lo peor y aún todo estaba por pasar y todavía no había decidido cómo abordar el asunto de darme a conocer. Decidí improvisar. Todos los viajeros desalojamos poco a poco los vagones. Ella dobló el periódico y lo puso debajo del brazo. Salió por delante de mí hacia las escaleras mecánicas mientras buscaba no se qué en su bolso. Yo me aproximaba más y más. Tanto que podía oler su perfume. Era uno de esos que tienden un dedo invisible hacia ti que te hace un gesto para que no puedas dejar de perseguirla. Accedió a las escaleras mecánicas apenas un par de escalones delante de donde yo estaba y apoyó descuidadamente su brazo en el posamanos mientras las escaleras ascendían lentamente hacia el vestíbulo. Cuando ambos nos encontramos en la plataforma nos dirigimos hacia la salida. En ese momento, el ángel de mi buena suerte debió pensar que me debía algo porque el periódico que ella llevaba bajo el brazo se deslizó hasta caer al suelo. Yo vi mi oportunidad enseguida así que sin dudarlo lo recogí con presteza y, con la mejor de mis sonrisas, se lo ofrecí mientras lo doblaba cuidadosamente. En ese momento ella se volvió y por primera vez pude ver claramente su rostro. Me sonrió a su vez desde una boca grande, enmarcada en una cara de prominente mentón. Demasiado para un rostro delicado. Una sombra de barba bien afeitada pero no disimulada del todo rodeaba unos labios carnosos, inflados con bótox. Sus pechos no podría decir con qué habían sido aumentados de tamaño pero creo que, por documentales de ciencia vistos en la segunda cadena en mis horas de siesta dominical, habían sufrido una combinación de cirugía y tratamiento hormonal.

El nacimiento del pelo no podía ocultar unas incipientes entradas y aunque sus ojos almendrados se encontraron con los míos yo no pude mirarlos de frente, aunque he de reconocer que tenía una mirada hemosa. Los míos se iban sin quererlo a calibrar el tamaño de la nuez que subía y bajaba como un ascensor en ese cuello fuerte que se tensó mientras mi otrora amada pronunciaba con una ronca voz las palabras: “Gracias, guapo”.

La mejor de mis sonrisas de conquistador se tornó en un agrio gesto al comprobar cómo mis sueños se habían esfumado en un segundo. ¡Qué digo en un segundo! En lo que dura un “Gracias, guapo”. Se acabaron los paseos cogiditos de la mano como dos eternos enamorados, ya no compraremos elepés en el rastro y adiós a presentársela a mis padres. Ni hablamos ya de tener hijos.

Intenté no parecer maleducado ni tampoco pillado en falta pero la sorpresa debía de poder leerse en mi cara a más de cien metros de distancia. Articulé, sin que el color hubiera vuelto aún a mis mejillas, un tembloroso y políticamente correcto: “De nada” y dando media vuelta volví a bajar las escaleras al andén que me alejarían para siempre de aquella, que riendo sonoramente detrás de mí, seguramente debido a mi cara y a mis ademanes de idiota, de espaldas fue tentación y de frente arrepentimiento.


KARLOS FERAL

Madrid, enero de 2009


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