viernes, 17 de octubre de 2008

Saturnino Pablo



Saturnino Pablo, ensimismado en sus recuerdos, acariciaba los pétalos de una de las flores, le quitó alguna hojita seca a la planta y, dejando el rastrillo apoyado en uno de los setos que teñían de verde el jardín, se dirigió presto a abrir el agua. La manguera, llena de pequeños orificios, inundó con una fina lluvia los jardines, refrescando el aire. El aroma de las acacias y las rosas emergió del paseo perfumando las calles estrechas y empedradas del pueblo, llenándolas de vida.
El jardinero seguía con dedicación el crecimiento de las plantas más pequeñas, les cantaba, incluso conversaba con cada una de ellas; alguien le había dicho que oían y respondían con verdores y alturas a ese tratamiento.
Miró a su alrededor, algún pequeño perro había dejado su rastro sobre las margaritas y eso le enojaba. Buscó con la mirada a algún paseante con acompañamiento canino, pero era evidente que se había ocultado, seguro del acto villano, no del can, sino de la negación de recoger los excrementos.


Nació en Lavapiés en 1925. Encarna, su madre, era una lavandera con brazos y voz fuerte. Su padre, un trabajador ferroviario, respetado por sus compañeros por su gran honestidad y sus fuertes principios. Cuando acompañaron con llantos a don Pablo en 1925 hasta el cementerio de la Almu-dena, Saturnino padre juró sobre la tumba que educaría a sus hijos como verdaderos socialistas y que pondría su nombre al primer hijo que iba a nacer en esos días. En aquel entonces, no podía imaginar que, declarada la República, una noche, en el  camino de vuelta a casa, recibiría una paliza que lo dejaría muerto frente a la corrala. Ya tenían cuatro hijos.
En 1937 Encarna decidió enviar a sus hijos a un pueblo de Valencia. En Madrid no estaban seguros, apenas tenía comida y quería participar en la defensa de la ciudad. Los acompañó al tren y a cada uno le entregó una pequeña bolsa que contenía un calzoncillo, una camiseta y un par de calcetines.
 El viaje se hizo largo y cansado pero eran muchos los niños que viajaban hacia el Levante. Al llegar a Carcaixent cambiaron de tren, tenía tres o cuatro vagones. Cuando llegaron a la estación, la tartana estaba esperándolos, la bienvenida fue tan cariñosa que les hizo olvidar el dolor que les produjo dejar la familia tan lejos.
Los padres adoptivos les prepararon camastros, ropa nueva y comida suficiente para dejar de oír los ruidos de sus estómagos vacíos.  
La moneda que Saturnino Pablo recibió al asumir el man-do de la expedición de sus hermanos, y que sólo debía gastar en caso de extrema necesidad, quedó guardada en un pequeño monedero que María, su madre adoptiva, le entregó.
En el pueblo pasaron tres años. Fueron a la escuela y apren-dieron a cuidar los naranjales, recoger la fruta y mojarse en la Font Gran en las fiestas de agosto.
Ana Pabla fue llamada «Nanneta», le gustaba estudiar y sus padres adoptivos le prometieron que la ayudarían a ser maestra.
Tomó el trencito hasta Carcaixent y desde allí a Madrid. Saturnino Pablo tenía 16 años. Era un muchachote con largas piernas y brazos tostados por el sol. Quería ser ferroviario como su padre, había caminado muchas tardes los dos kilómetros hasta la estación en el cruce.
Se quedaba horas observando a la gente subir y bajar, era un pequeño tren a carbón. Fue tal su empeño que su madre adoptiva le preparó un pequeño almuerzo, le dio unas monedas y, esa tarde, pudo ver el mar.
Se acercó al maquinista y le contó la historia de su padre. Éste le permitió acompañarle en su viaje de ida y vuelta. Imaginaba ser quien cargaba la caldera, tocaba la campana y se llenaba de tizne. Y así llegó a Simat, con la cara negra como el carbón que había acariciado durante el viaje de vuelta.
Decidió que ése era su futuro: cuidar el vapor, protegerse con un enorme mandil de los terrones y achispar el fuego.
Terminada la guerra, volvió a Madrid, donde su madre le explicó que por un tiempo debía olvidar el origen de su segundo nombre y el trabajo en un tren. Sería Saturnino, sólo Saturnino. Había hablado con compañeros de su marido y le habían dicho que ahora era imposible colocar al muchacho en el ferrocarril de Madrid.
–Sólo será por un tiempo. Esto cambiará, vendrán a defendernos y él morirá –le susurró su madre.
Sabía de qué le hablaba su madre porque le había explicado como su padre fue asesinado por los que no querían a los ferroviarios honestos. Y él debía continuar sus sueños.
Lo importante era conseguir un trabajo y le encontraron uno, ayudando en la Casa de Campo a limpiar malezas y plantando árboles.
Al regresar, mientras comía un trozo de pan, se detenía en la Quinta de Goya para ver salir el tren hacia Aranjuez. Luego, soñando con su trabajo de maquinista, volvía a su casa.
Una tarde su madre le entregó una carta llegada desde Valencia. El señor Paco le escribía contándole que en su trabajo en el tren a Denia necesitaban un joven para revisor. Su trabajo consistía, además de controlar los billetes, en ayudar cuando llegaba la cuesta del Portixol.
Algunos bajaban para estirar las piernas mientras el tren subía lentamente, nadie olvidaba aquel día en que todos tuvieron que empujarlo hasta la cima ni las veces que llevaban bueyes para hacerlo más rápido.
Acompañó a Paco y se hizo hombre en sus viajes de ida y vuelta, allí conoció a su mujer y llevó a sus pequeños para que sintieran su emoción.
Hasta que las altas autoridades decidieron dejar de dar el servicio a finales de 1969.
Durante esa época, Saturnino Pablo se casó con Carmen, una jovencita simatera, alegre y protectora. Subía una vez por semana a Carcaixent a entregar y recibir trabajos de bordado, hacía pañoletas para trajes de fallera. Sus ramilletes de flores eran rápidamente reconocidos por la delicadeza de los puntos y los colores.
 Tuvieron tres hijos: Ferrán Pablo, Jaume Pablo y Manuel Pablo. Y con el tiempo fueron ayudantes en el ferrocarril de Valencia y recorrieron toda España.
Reconocía rápidamente las huestes de su padre, por el cuidado en la elección de las palabras y el libro entre las manos callosas y muchas veces sucias de la tierra de las huertas y la sonrisa desencajada.
Olía el miedo cuando algún guardia civil subía al tren y, en más de una ocasión, cuando todos habían bajado, encontraba pequeñas octavillas dobladas o algún libro abandonado precipitadamente debajo de una banca.
Estos hallazgos formaron poco a poco su pequeña biblioteca, libros que se fueron ajando por el paso del tiempo y la huella de sus dedos que, de tanto leerlos, se iba llevando la juventud de las hojas, el negro sobre blanco del papel.
Todo se acabó cuando decidieron cerrar el servicio.
Entró a trabajar en el ayuntamiento primero, como peón para todo y voz pública. Carmen tuvo que dejar el bordado, sus ojos ya no soportaban esa tarea tan delicada.
En noviembre de 1975 volvió a utilizar sus dos nombres con orgullo. Ese día cogió por primera vez una terrible borrachera y cuando pudo despejarse reveló a sus hijos cómo murió su abuelo.
Con el tiempo fue el jardinero del pueblo, mientras cuidaba su pequeña finca de naranjos y, cuando quisieron jubilarlo, decidió que sólo pararía el día de su muerte. Como el tren que tanto había querido.


Miró el verde intenso de los setos, el naranja de las margaritas, el rojo de las rosas que se alzaban vencedoras por la pérgola de metal y sonrió, mientras oía el recuerdo lejano del silbato agudo y melancólico del tren, de aquel viejo tren que paseaba por su memoria entre verdes, naranjas, rojos y morados. Al fondo, la manguera seguía humedeciendo el aire mientras el perfume de las flores se mezclaba en su memoria con el olor del carbón.


ADRIANA SERLIK – www.lalectoraimpaciente.com

3 comentarios:

y digo yo dijo...

Buen material para un mal cuento.

Emilce dijo...

Estimado Digo yo,
A mí me ha gustado.

Antonia J. Corrales dijo...

Para gustos los colores, para literatura los géneros y los estilos :)
Saturnino es un cuento entrañable. La literatura de Adriana Serlik tiene ése punto de humano que la caracteriza.
Saludos,
Antonia J Corrales