jueves, 9 de octubre de 2008

Pino Madre

Comienzo del relato Pino Madre de Carlos García Tejedor:

No cesaron los truenos en toda la noche, las gotas de agua golpeaban contra sus jóvenes ramas y le helaban los huesos. Error, él no tenía huesos. ¿Nunca los había tenido? Creía recordar que sí. De cualquier manera el frío calaba muy adentro; de haber podido, hubiera temblado.

El perro se movía intranquilo en su caseta de madera, allí estaba caliente y no le mojaba la lluvia.  Se incorporó, enfadado consigo mismo, y asomó el morro por encima de la verja. Hacía ya dos días que el hombre se fue, andando curioso, a ver el bosque quemado. Nunca escuchó las historias que se contaban del Pino Madre, y ahora él se sentía obligado. Sabía que no le debía nada, alguna que otra patada y un poco de comida, nada. Pero saldría a buscarle, instinto perruno manda.

Tardó mucho en amanecer, pero cuando lo hizo no salió el sol, ni paró de llover. El joven pino sentía el viento en sus hojas y, más profundamente, el quejido de sus compañeros. Notó también picores en su interior, y supo que las hormigas le mordían, intentando hacerse una casa para el invierno. Un perro llegó a su lado, le olfateó y se tumbó junto a él. El árbol creyó reconocerlo. Lo miró, sin ojos, le llamó, sin voz, se esforzó, gritó en silencio, el perro le devolvió la mirada.

—Tranquilo, pino —le aconsejó una piedra que junto a él reposaba—. Tómatelo con calma, el tiempo no existe.

No entendió nada, no se recordaba pino, las piedras no hablan y hacía frío. Sus raíces le dijeron que había alguien que estaba contento con la lluvia, con el viento, y pese a las hormigas. Alguien que era feliz ahora que, otra vez, estaba rodeado de pequeños arbolillos en crecimiento. Un alguien, también pino, muy viejo, que no quería estar solo.

La luz del mediodía es más brillante cuando termina la lluvia, el aire fresco del otoño lo acaricia todo gritando, para el que le interese, la llegada de los hielos.  

 * * *

El hombre volvió la vista atrás para mirar su casa por última vez. Allí dejaba una parte importante de su vida, algo suyo, íntimo, de su más profundo ser, se quedaba en aquellas montañas. Sentía que siempre pertenecería a ese bosque, a esas laderas cubiertas de olivos y algarrobos, al riachuelo que recogía sus aguas, a su aire y a su cielo.

   En fin, hora de marcharse. Después de esperar el regreso de su perro durante más de dos meses, de buscarlo por todas partes, menos por una, el lugar donde se encontrara, su sangre nómada le mandaba andar. 

Esa noche soñó que era jardinero. Su jardín no era muy grande, pero lo cuidaba bien; pequeñas y hermosas flores crecían en él. En una ocasión, al asomarse fuera del muro que lo rodeaba, vio que allí crecía la más hermosa rosa que nunca hubiera podido imaginar. Y al mirarla, desde donde hacía un momento hubiera una rosa, le devolvió la mirada un rostro de mujer. Dos largas trenzas rojas y un amor tal que le cautivó para siempre, fue todo lo que pudo ver; el ser que amaba y era amado no tenía ojos, ni boca, ni nada. Sólo una piel suave rodeada de pelo rojo. 

CARLOS GARCÍA TEJEDOR

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