jueves, 9 de octubre de 2008

La chica del tercero

La chica del tercero, no sé, ¿qué edad debe tener? Veinte, veinticinco, no más. No la he visto novio formal nunca, y no por falta de pretendientes, que ¡maldita sea mi estampa si no montaba yo a esa jaca!, su grupa dorada sobre mis manos.


Estoy pensando que tal vez piense demasiado. Quizás deba tomarme de una vez las medicinas, sabor amargo que a veces me transporta a mundos dulces. El caso es que soy yo, más natural y pleno sin la verborrea medicamentosa de la cápsula. Me torrentean las ideas como finas agujas de una gran tela de araña que fuese mi cerebro. Una gran red, una enorme trampa de pasillos blancos y enfermeras oscuras. Un hospital gigante donde habita el mundo.


Pensar, pensar... Si mi cerebro es la tela de araña, ¿quién teje mis ideas, raras, confusas, perdidas? ¿Qué monstruo obstinado hila y madeja torpemente los pliegues por donde discurren mis neuronas dañadas, enfermas, atrofiadas? No sé por qué digo estas cosas pero tampoco sé por qué no decirlas. Tal vez tenga razón el médico, sacrosanto cabrón que rije mi vida como un curandero barato, estúpido altanero que transporta toda la miseria de muertes, dolor y enfermedades en su maletín con olor a formol. Pero tal vez, tenga razón.


¿De qué hablaba? ¡Ah!, la chica del tercer piso. La chica del tercero -cual será su nombre- no toma pastillas, ni se mea en la cama. Eso seguro. Por eso nunca me saluda. O me saluda nerviosa. O rehuye la mirada y esconde su instinto, con los ojos como ruedas de la bicicleta del pánico. A pesar de todo ello, me hago el encontradizo, sonrío a su paso, me tapo los pantalones -húmedos de orín-, con mi camisa de rayas azules, me atuso el pelo, me acicalo todo yo; incluso me ducho y me aseo las axilas para que ella no denote el olor del demente, la sudoración del enfermo.


Esta mañana, muy temprano, he bajado al kiosco y he comprado una revista de las que salen señoritas guarras, como dice madre. Ya sé que no le gusta a madre que haga esas cosas, que luego ando por la casa consumido y en pleno trance, acosado por el avispero de mi mente. Pero ahora que madre no habla, no grita, no solloza en el légamo de la desesperación, me he permitido acudir al kiosco de don Paco.


No lo hacía con fines impuros, como pensaba madre, sino con la idea de observar si entre esas señoritas que se hacen fotos a los ojos libidinosos de un regimiento de hombres, había alguna que se pareciese a la chica -cuál será su nombre- del tercero derecha.


Así podría recortarla, adosarla a la pared junto a las demás, clavada para siempre en cal, o acostarla al lado mío, en la mesita de noche junto al vaso de agua y el Risperdal. Sería mía, muy a pesar suyo, muy a pesar de mi consciencia fragmentada y mi cuerpo descosido. Pero no había ninguna como ella. Esas mujeres serpenteaban entre las páginas como culebrinas del pecado y me daban miedo. Miedo a que venga él otra vez. Me he estremecido cuando una de ellas -la morena era- me miraba y me mostraba agresiva su hueco negro, salvaje, impúdico y algo me decían sus labios rojos de sangre. No recuerdo qué me ha dicho.


He querido avisar a madre, pero madre ya no oye ni reprende ni recrimina. 


He sentido un temor furioso y atávico. He roto todos los espejos de la casa para no verme en el miedo ni multiplicarme en la ansiedad ni orinarme los calzoncillos nuevos que me compró madre. Me he duchado como siempre hago cuando me ataca el demonio, me he frotado bien la cabeza y los dientes, me he balanceado sobre el plato de ducha, adelante, atrás, mientras me hundía los dedos en las sienes para no escuchar. Me he secado y mi mirada ya no estaba, perdida entre los fragmentos de los cristales violentados del espejo. Aún roto, el espejo me miraba y se reía, o yo me reía, no sé. Y había cien ojos y cien bocas negras murmurando sin yo entenderlos.


Después, no recuerdo. No recuerdo. Sólo el instinto asesino y la plata fría del cuchillo.


Me debí quedar dormido o alguien me durmió y he despertado imaginando cuál sería el nombre de la chica del tercero. Sólo el nombre. Para enunciarla en mis noches de fiebre, en mis impenetrables laberintos, en el mar denso y pastoso de mi locura, como faro guía frente a las aristas asesinas de mi desdoblamiento, como antorcha que me apaciguase entre los pasillos fríos y metálicos de mi tanatorio mental. Como respuesta al caos que me amenaza siempre, sombra de uno mismo, pegajosa y eterna.


Ahora, ya bien despierto, llamo a madre. Suplico a madre. Lloro por madre. Pero madre no responde. Ni respira.


Un rumor de ambulancias, una multitud de palabras, estallan en los ecos de mi memoria. Y en la cavidad de mi pecho. 


Allí donde se supone que justamente tengo un corazón.


RUBÉN M. R.:  http://www.militeraturas.ning.com/profile/RubenMR

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